La cruenta verdad: El origen del SIDA.

La montaña se alzaba majestuosamente ante nosotros, con sus picos cubiertos de nieve brillando bajo el sol de la mañana. Su imponente presencia dominaba el paisaje, creando una sensación de asombro y admiración en todos los que la contemplaban. Los árboles que la rodeaban parecían inclinarse reverentemente ante su grandeza, mientras que el aire fresco y puro que se respiraba en sus faldas llenaba nuestros pulmones de vitalidad y energía. Cada rincón de la montaña parecía contar una historia antigua y misteriosa, atrayéndonos con su aura de misterio y esplendor natural. Nos sentíamos pequeños e insignificantes ante tanta grandeza, pero a la vez privilegiados por poder ser testigos de su belleza indómita y eterna. La montaña se erguía como un guardián silencioso y eterno, recordándonos la insignificancia de nuestras preocupaciones cotidianas y la grandeza de la naturaleza que nos rodea.

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